Estuve 2 meses y medio en cuarentena, gracias a la opción de teletrabajo. La semana pasada me pidieron volver a la oficina.
En la empresa nos dan un uniforme cada 2 o 3 años, y no había tenido la oportunidad de "estrenar" el mío, ya que se suponía empezaríamos a usarlo a mediados de Marzo (cuando comencé a trabajar desde casa). El jueves lo saqué del clóset y me lo probé para comprobar que aún me quedaba, lo cual por suerte aún era así (el período de inmobilidad me tenía algo preocupada). Me preparé entonces psicológicamente para mi primer día de trabajo presencial al día siguiente (sí, un viernes), intentando aplacar la tristeza que esto me producía.
Sinceramente, me acostumbré (quizás demasiado) a estar en casa. No es difícil para mí, como ya lo he mencionado antes. Soy introvertida (no tímida, aprendí hace un tiempo que existe una gran diferencia). Prefiero estar sola, sí, pero también amo estar acompañada de una persona con quien me lleve muy bien, como lo es mi pareja. Y el pensar en tener que volver a esa oficina, la cual no comparto y está en un tercer piso, bastante alejada de todo el equipo, era extrañamente abrumador. Adiós a las conversaciones ligeras, sonrisas, chistes y cosas que me mantendrían activa durante el día. ¿Cómo iba a adaptarme nuevamente? Lo que es peor, no quería adaptarme. No quería volver.
Pero allí estaba, 9 de la mañana llegando silenciosamente, marcando reloj, saludando a algunas personas con las que me crucé en el camino y que me preguntaron cómo había estado todo este tiempo. No tuve mucho tiempo para conversar, ya que me habían solicitado volver por algo urgente. Los viernes trabajo sólo medio día, así que llegando la hora de almuerzo ya me podría ir a casa. Se me hizo muy larga la mañana esperando ese momento. Y entonces, ocurrió.
Media hora antes de la hora de salida, me llamá el encargado de RRHH. Yo pensaba que era para consultar sobre el "trabajo urgente" que me habían solicitado. Pero no. Entro a su oficina, saludando desde lejos como ahora es la costumbre, y sentándome en una silla a un metro del escritorio. Y entonces le escucho hablar sobre lo difícil que han sido las cosas en la empresa y que ha habido que hacer cambios, y que están dejando ir personal y bueno, ya saben cómo es. De camino a mi oficina para arreglarme e irme, me crucé con una compañera. "Te quedó bien el uniforme", me comentó. "Vine a puro pasearlo", le respondí. Me preguntó qué había pasado, y fue la primera persona a quien le conté. Hablamos un momento y pelamos a la jefatura. Me sirvió para desahogarme.
En media hora ya estaba fuera con una carta de notificación de término de contrato, explicándole a mi pareja lo que había sucedido, aún sin poder creerlo.
Pero lo había estado esperando. Estaba shockeada, sí (todo fue tan de sopetón), pero en el momento en que me lo comunicaron sentí una dicha increíble. Ya no tengo que estar acá. Me puedo ir. Lo hice, resistí 6 años y medio en este puesto odioso, ¡ya no más!
Hablé con una amiga más tarde, y me decía algo como "¿Y te hicieron volver para puro despedirte? ¡Qué rabia más grande!", y claro que da rabia. Esa desconsideración de gente que conoces hace tanto tiempo y que ni siquiera te dan algún tipo de aviso.
En este momento veo las cosas de forma positiva. Espero sirva como oportunidad, como un nuevo comienzo, como una liberación. Quiero aprovechar de aprender (y retomar) cosas que a futuro espero me sirvan para trabajar en algo que realmente me guste, y quién sabe, quizás emprender algo por mi cuenta.

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